Del boceto al papel
Cada pieza empieza con lápiz sobre papel barato, donde se equivoca sin coste. Solo cuando el volumen de las hojas está resuelto pasamos al entintado con rotuladores de archivo.
El taller existe porque hay cosas que no conviene acelerar. Una rama de olivo no se entiende en una tarde: se mira, se corrige, se vuelve a mirar al día siguiente con otra luz. Trabajamos así porque el resultado se nota en el trazo, no en la prisa.
Cada pieza empieza con lápiz sobre papel barato, donde se equivoca sin coste. Solo cuando el volumen de las hojas está resuelto pasamos al entintado con rotuladores de archivo.
Papel de algodón de 300 gramos y tintas pigmentadas resistentes a la luz. No es una elección estética: es lo que permite que una lámina siga igual dentro de veinte años en una pared con sol.
La luz entra lateral y cambia según la hora, así que el entintado se concentra en las horas estables. Lo demás —cortar, coser, doblar, revisar— se reparte alrededor.
Que quien reciba una lámina, un cuaderno o un set de tarjetas note que alguien se sentó a hacerlo. Esa es toda la ambición del estudio.